Andrea – Del divorcio al amor (propio)

ANDREA

 

Llevaba dos años divorciada. Se había casado con su mejor amigo, con el que estuvo toda la vida con ella, desde pequeños. Todos se lo soñaban, y así lo hicieron. Todo el mundo tuvo que ver en el matrimonio, porque es que eran “la pareja perfecta”. Sin embargo, todo fue muy lejos de ser perfecto.

Camilo era su mejor amigo, sí, desde siempre y sin ninguna duda. Por eso, creía conocerlo más que nadie. Pero, al final, todos somos un mundo y poco se puede saber si reflejamos al mundo aquello que llevamos dentro. Tanto, que el matrimonio poco duro.

Se la pasaban genial, seguían siendo los mejores amigos, pero hasta ahí. Camilo era gay. Claro que nada iba a funcionar. Igual así, lo quería, y tampoco lo culpaba. Ella también, como él, se vio arrastrada en toda esa situación convencida por terceros de que era lo mejor. Ciegamente cayeron ambos en ese convencionalismo social al cual ninguno de los dos realmente quería pertenecer, pero les tocaba. Camilo era una víctima tanto como ella. Por eso, cuando lo entendió, decidió que lo mejor era divorciarse. ¿Para qué seguir mostrándole al mundo algo que no eran?

 

Desde eso, todo pasó lento y rápido a la vez. Estaba viviendo su vida como en autoplay. Todos opinaban y todos comentaban. “¡Gorda!, lo siento mucho. Yo sí decía que Cami era como rarito”. Como si eso fuera lo que quisiera escuchar. “Imposible que con una mujerzota como vos ese tipo haya salido marica”. Como si eso fuera a cambiar las cosas. “¡Qué tal! ¿Entonces por qué te propuso matrimonio? ¡Descarado!” Como si todos no hubieran estado esperando y presionando para que eso pasara.

Habían pasado cinco meses ya. Iba a trabajar porque sabía que eso era lo que le tocaba hacer. En la empresa todos sabían, obvio, y murmuraban. Le ofrecían citas a ciegas, presentarle amigos que eran “partidazos” (¿entonces por qué estaban solteros?), le mostraban Tinder y mil y una formas de volver a encontrar “la media naranja”.

Pero es que, ¡ella no quería encontrar nada!

“Me quiero encontrar a mí misma”, pensó un día mirándose al espejo. No se acordaba la última vez que se había mirado al espejo. Con tantas cosas en la mente, que los abogados, que firmar los papeles, que Cami quiere el apartamento y me da más de la mitad para quedarse con él. Yo me quiero quedar con los gatos, obvio. Pero, hay que comprarles el concentrado y llevarlos al veterinario. Tampoco sé hacer nada del carro, tocó aprender.

Ese día se dio cuenta que las dichosas mechas que se había hecho para “reavivar la chispa” las tenía en las puntas. ¡Por Dios! Es que no he ido a una peluquería en meses. Y se acordó del último regalo que le hizo Cami, que le gustaba tanto la moda y las cosas de belleza (claro, hasta ahora lo relaciono). Le había dado una rizadora. Siempre le decía que le encantaba cómo se veía con ondas, porque su pelo era liso. La buscó y la encontró todavía empacada en colores brillantes, como que la vida le estaba dando señales. Adentro venía un cupón: “Ven a disfrutar de la experiencia PyT”.

Fue una reconciliación. Gracias al último regalo de Cami había vuelto a sentirse bien consigo misma. Se encontró, por fi. Y perdonó, a Cami y al mundo. En PyT le enseñaron a peinarse, a arreglarse de manera rápida cada día, y a esmerarse para aquellas ocasiones especiales. Y ella, volvió a sonreir, a vivir su vida en carne propia. Salía con sus amigos y con sus amigas, sin buscar la media naranja, porque ella era una naranja completa.

Es que, al final, Cami sí era su mejor amigo, y por eso, le había devuelto su vida de regalo.

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