El pelo malo

Por: Virginia Petro

“A mí me parece que exageras con el tema.”

“Bueno, si te alisaste, también era porque querías, ¿no?”

¿A qué te refieres cuando dices que exagero? ¿Debo ignorar los comentarios? ¿Eso quieres decirme? Y… bueno, el alicer, esa es la parte de la historia de la que creí que nunca hablaría.

Una mañana bien temprano como si Papá Noel hubiese dejado la noche anterior el regalo para estrenar, fui por primera vez a alisarme. Lo primero que deben saber es que a las peluquerías ya había ido porque sí, uno se peina… también porque mi mamá con el pelo “más malo” que el mío, había pasado toda su vida con alicer, y yo no tenía recuerdos de verla con el pelo malo, sólo con el bueno. (Ella dice que nunca vio a mi abuela con su pelo malo y por ese mismo camino íbamos nosotras). Las fotos demuestran que tuvo muchos intentos y nunca funcionó, siempre decía que en el trabajo no se veía bien estar “espeluca”, que nunca se sentía ordenada y que “ese pelo de ella era muy difícil de manejar”. Fue mi mamá quien me llevó a ese salón, yo estaba feliz. Para mí, entre el paraíso y ese día no había mucha diferencia. A mí toda la vida me habían dicho que me peinara, que me veía como el Pibe, que el pelo parecía un Bombril o el trapero de mi casa, y por ahí siga derecho…

Yo estaba dichosa en poder ser lisa, porque a mí sinceramente en ese momento no me gustaba verme como el Pibe. Yo quería verme como la hija de la amiga de mi papá, Karen, que tenía el pelo liso, largo, y podía hacerse todos los peinados del mundo. Recuerdo que le decía a mi mamá que ella me hacía “los mismos gajitos de siempre”. A eso súmale que, para ese momento (2011) todo el mundo era emo; sí, en el calor de la costa la gente era emo y pues, yo también quería serlo.

Mi mamá peinándome en seco me dice esa mañana antes de salir de la casa “hoy por fin se te acaba el sufrimiento” como si de alguna mala jugada de la genética se tratara. El olor del alicer nunca se olvida, y el verdadero sufrimiento tampoco.

Al principio eres feliz, y estás tranquila con lo que ves, o al menos eso crees. ¿Querías el pelo largo? Ahí lo tienes. Te cuesta algo de esclavitud, pero “para ser bella hay que ver estrellas”, o algo así. Quizás no necesité nunca que fuese yo quien se sintiera o se viera mejor con el pelo liso, lo que pasa es que a veces a los 12 años tienes preguntas pendientes por resolver que vienen desde siempre y cuando sientes que tienes capacidad de decisión para responder esas preguntas dices que quieres que tu regalo de navidad sea el alicer. Duré dos años así, donde mi pelo funcionaba una vez al mes, y trataba de no mojarme con la lluvia o ir a piscina porque la raíz siempre salía.

Sí, eso. Que la raíz siempre sale. Mi pelo era la parte más notoria del temor absurdo que guardaba en el reconocimiento de mi raza. Crecí creyendo que el negro era malo. Siempre decía que mi mamá no era negra, era “morenita”. Y antes de que mi hermana naciera, a mis 6 años pregunté “¿Es blanquita o negrita?”. Quizás por eso tanta inseguridad, porque sentía que todos le debíamos algo a alguien más o entre nosotros, ser de algún color en específico o tener el pelo “más presentable” y “menos malo”. Aún me cuesta, a ratos, creer que mi pelo está siempre presentable, y tratar de no alisarlo o estirarlo de alguna manera para verme elegante. Pero todos los pequeños pasos cuentan y eso estoy haciendo, dando pequeños pasos.

La historia del alicer no tuvo más espacio en mi propia historia ni en la de mi mamá (afortunadamente), y volver a mis raíces, esas de las que tanto me cuidé, se convirtió en el mensaje de perdón a todas las generaciones que han estado antes de mí y a todas las que vendrán, porque en algún punto sentí vergüenza por mi pelo, por mi nariz ñata y mi frente grande, mis piernas gruesas y mis caderas anchas. Porque la historia ha sido tan ultrajada que hace todo lo posible por llegar genuinamente a nuestros oídos, sin rencores y sin pesares. Aunque nos cueste tanto seguir escribiéndola en estos tiempos, donde parece ser una ofensa mi pelo, mi cara, y mi gente. No tengo que pedir disculpas, ni una más.  Mi pelo así es mi abuela sonriendo porque sus nietas lograron sentirse cómodas en su propia piel, en el cuero de su raza y en el baile de sus piernas. Mi pelo así es el paso al frente en todos los complejos, los prejuicios y los temores a ser diferente. Mi pelo así fue la lección que mi hermanita aprendió en cabeza ajena, nunca una gota de alicer en su afro. Mi pelo así son los ritmos del caribe que son la base de la alegría. Es el respeto a lo que no viví y que sembró temor en mi mamá y su familia. Mi pelo así es el mayor acto político que realizo a diario.

Virginia Petro (@virginiapetrod)

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Esta entrada tiene un comentario

  1. Manuela

    Gracias por compartir tu historia Virginia, fue demasiado hermoso y emocionante leerla<3

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