Cecilia – La secre más linda

CECILIA

 

Otra vez fin de mes. Una vez más, lo había logrado: corta pero justa. Tanto cambio en el mundo la tenía desequilibrada. Es que, con esta economía, ya no se puede vivir holgadamente. Cada quincena lo mismo: haciendo fuerza para sostener los pelados, que cada día necesitan más. Que la cartelera para la exposición, que el delantal para el laboratorio de química, que la calculadora científica. Pero claro, ¿cómo no? Si es que para ser tan inteligente se tiene que invertir. Menos mal mis muchachos me salieron buenos y juiciosos.

Hace quince días Juan le había hecho un regalo. En la oficina todos lo habían notado:

  • Uy, Ceci. ¿Te fuiste a la peluquería de día de la madre? – le dijo Adriana, su jefe.
  • No doctora Adriana, usted sabe que con las cosas como están yo no me puedo dar esos lujos. Pero me lo arreglé yo sola, en la casa. ¿Le gusta?
  • Te quedó divino el pelo, Ceci. Me tenés que enseñar – le respondió la doctora.

Desde hace 15 años trabajaba como secretaria en el consultorio de odontología. Pocas veces las personas se fijaban en el aspecto de la secretaria, obviamente. Además, en el consultorio siempre tiene que estar muy pulcro, por sanidad. Sin embargo, desde ese día, recibía un montón de cumplidos.

  • ¿Y te peinás vos sola? – le preguntaban todos, sorprendidos.
  • Sí, super fácil. Mi hijo Juan, el mayor, me regaló una plancha de día de la madre, que para que me viera más bonita – explicaba siempre entre risas – Y la plancha venía con todo incluido: ¡hasta con curso de peinados!

Honestamente, nunca pensó que algo tan simple le fuera a significar un cambio tan grande en la vida. Es que desde que Juan le regaló esa plancha, se dedicaba más tiempo a sí misma. Sentirse bonita y admirada, le había cambiado el semblante. Y es que sí, seguramente se debía ver más bella, porque se sentía así.

No importaba que tanto estrés tenía o que tan apretada acababa la semana, siempre se dedicaba el domingo a arreglarse el cabello para la semana. Y ese era su momento sagrado. Se había convertido en un ritual, pero no solo de belleza, sino de empoderamiento. Es que no era sólo sentirse más bonita sino más feliz, y así, todo lo demás lo soportaba con gusto. Porque, después de todo, ¿qué felicidad no conlleva sacrificios?

 

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